Un cuaderno escolar encendió una señal de alarma que nadie esperaba. Simón, de siete años, recién empezaba a escribir en cursiva cuando recibió una consigna habitual: contar qué había hecho durante las vacaciones de verano. Mientras sus compañeros relataban juegos, viajes o cumpleaños, él escribió una sola frase: “No quiero vivir más”.
La reacción de su maestra fue inmediata. Conmovida por el mensaje, se comunicó con la familia. Hacía semanas que el niño mostraba cambios: lloraba sin motivo aparente, comía poco, dormía mal y se aislaba en el aula. Ya casi no jugaba en los recreos.
En su casa, su mamá, Mónica, intuía que algo no estaba bien, pero no imaginaba la gravedad. La familia —que vive en José C. Paz— decidió consultar tras la advertencia escolar. Al día siguiente, por recomendación de un familiar, acudieron a la guardia de salud mental de un hospital porteño.
Allí, los profesionales detectaron un cuadro preocupante: pérdida de peso, angustia persistente y pensamientos de muerte. Simón incluso llegó a contar que tenía un plan suicida.
A partir de ese momento, se activó un trabajo conjunto entre el equipo médico, la escuela y su entorno familiar. Con acompañamiento y seguimiento, el niño comenzó a mostrar mejoras: volvió a jugar, recuperó el apetito y logró dormir mejor. “Aprendimos a ver señales”, resumió su madre.
Un problema que crece y preocupa
La historia de Simón no es un caso aislado. Según datos del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia de la UCA, el 18,1% de niñas, niños y adolescentes de entre 5 y 17 años presentó en 2025 síntomas frecuentes de tristeza o ansiedad, de acuerdo con la percepción de los adultos responsables.
En otras palabras, casi dos de cada diez chicos atraviesan algún tipo de malestar emocional.
El informe también muestra diferencias por edad: afecta al 16,1% de los niños de entre 5 y 12 años, pero asciende al 21,2% en adolescentes. Este indicador refiere a señales persistentes como tristeza, ansiedad o desánimo que impactan en la vida cotidiana.
La investigadora Ianina Tuñón, responsable del estudio, advierte que este tipo de malestar no solo afecta el estado de ánimo, sino también el desarrollo integral: puede generar dificultades de aprendizaje, problemas para establecer vínculos y situaciones de aislamiento.
El impacto en la infancia
Especialistas coinciden en que uno de los aspectos más preocupantes es la edad en la que comienzan a aparecer estos síntomas. Lejos de ser un fenómeno exclusivo de la adolescencia, cada vez se registran más casos en niños pequeños.
La psiquiatra infantojuvenil Silvia Ongini, del Hospital de Clínicas, advierte sobre consultas cada vez más tempranas. Según explica, es frecuente ver chicos de 5 o 6 años que dejan de jugar, se muestran retraídos, lloran sin causa aparente o rechazan asistir a la escuela.
Un debate que vuelve al centro
El tema volvió a cobrar relevancia en las últimas horas tras el caso de Maitena, la adolescente de 14 años que fue hallada sin vida luego de una intensa búsqueda. Aunque la investigación sigue en curso, la presencia de cartas de despedida reavivó la preocupación social sobre la salud mental en niños y adolescentes.
En ese contexto, la historia de Simón pone el foco en la importancia de detectar señales a tiempo y actuar de manera temprana. Detrás de cambios de conducta, silencio o frases aisladas, puede haber un sufrimiento profundo que necesita ser escuchado y acompañado.
¿Cómo se manifiesta la depresión o la ansiedad en la infancia? No siempre aparece como tristeza visible. Ongini detalla que puede expresarse a través de:
-irritabilidad,
-alteraciones del sueño,
-falta de apetito,
-aislamiento,
-pérdida del interés por jugar.
La psiquiatra agrega un dato clave: el retraso en la adquisición del lenguaje puede ser un semáforo rojo, ya que muchas veces está asociado a dificultades emocionales o vinculares tempranas.
¿Qué señales deberían alertar a familias y escuelas? La médica recomienda prestar atención cuando un niño:
-deja de jugar o se aísla,
-llora con frecuencia sin causa clara,
-no quiere ir al colegio,
-presenta cambios en el sueño o la alimentación,
-pierde interés por actividades habituales,
-expresa deseos de desaparecer o no existir.
Muchas veces, advierte Ongini, estos cambios se interpretan como timidez o problemas de conducta cuando en realidad pueden expresar sufrimiento emocional.
¿Por qué el malestar es mayor en los sectores vulnerables? El informe muestra una brecha marcada:
-20,7% de malestar emocional en estratos muy bajos;
-10,6% en niveles medio altos.
En ese sentido, Tuñón, socióloga y doctora en Ciencias Sociales, sostiene que el informe revela “una de las dimensiones más invisibilizadas de la pobreza infantil”.
Aclara que esa desigualdad (es decir, la presencia de mayor malestar emocional en los sectores más vulnerables) se ve sobre todo en los chicos de nivel primario. En los adolescentes, en cambio, esos padecimientos son más transversales y afectan de forma similar a los sectores bajos y medios.
No existe una causa única detrás de ese fenómeno, pero sí condiciones que incrementan la vulnerabilidad. Los chicos de sectores más vulnerables, señala Tuñón, suelen tener menos oportunidades de integración social: dificultades para participar en actividades recreativas, invitar amigos o sostener vínculos fuera de la escuela.
¿Los chicos realmente piensan en la muerte? Según Ongini, estos pensamientos suelen vincularse con el deseo de terminar con el sufrimiento: “En chicos lo que veo es que hay una fantasía de encontrar una paz esperable, un alivio a un dolor insoportable, un fin a ese padecimiento que ya no se aguanta más y al que no le ven salida”. Por eso, cualquier expresión relacionada con la muerte debe ser atendida de forma urgente.
¿Qué ayuda realmente a un chico en estas situaciones? Los profesionales coinciden en algo central: la intervención temprana cambia el pronóstico. Las estrategias más efectivas combinan:
-acompañamiento familiar,
-intervención escolar,
-espacios terapéuticos,
-fortalecimiento de vínculos.