Jair Bolsonaro reconoció públicamente que intentó incendiar la tobillera electrónica que llevaba colocada mientras cumplía arresto domiciliario. Según sus propias palabras, la decisión fue impulsada por su rechazo absoluto a la orden judicial que lo obligaba a ser monitoreado de manera permanente.
El episodio habría ocurrido dentro de su vivienda en medio del cumplimiento de las restricciones dictadas por la Justicia brasileña. El exmandatario relató que acercó el dispositivo a una fuente de calor con la intención de inutilizarlo, aunque el intento no logró cumplir completamente su objetivo. Pese a ello, aseguró que no se arrepiente y que lo hizo como gesto simbólico contra lo que define como un hostigamiento en su contra.
Bolsonaro señaló que consideraba la medida “una humillación” y que no estaba dispuesto a aceptar un control que, según él, no corresponde a alguien que ocupó la presidencia del país. En su mensaje, sostuvo que la tobillera no solo lo incomodaba físicamente, sino que también representaba un ataque a su honor y a sus derechos.
El acto, que ahora vuelve a circular tras su confesión, reaviva el debate interno en Brasil sobre la tensión entre las decisiones judiciales y el clima político que rodea a la figura del ex jefe de Estado. Analistas remarcan que este tipo de gestos desafían directamente a las instituciones y tensan aún más el escenario de polarización social.
En círculos judiciales, la revelación generó preocupación porque evidencia la resistencia del exmandatario a cumplir con medidas cautelares impuestas en el marco de investigaciones en su contra. Aunque el dispositivo no llegó a ser completamente destruido, el intento podría derivar en nuevas actuaciones o sanciones.
La declaración de Bolsonaro se suma a una serie de comportamientos y declaraciones que vienen marcando su etapa posterior a la presidencia, en la que busca posicionarse como víctima de lo que describe como un “aparato estatal” decidido a marginarlo de la vida política. Sin embargo, sus críticos sostienen que su actitud erosiona la institucionalidad y alimenta la confrontación en momentos de extrema sensibilidad política en Brasil.