Desgarrador testimonio de una joven con anorexia
“Cuando los espejos matan”

Desgarrador testimonio de una joven con anorexia

Luego de recaídas, sus 18 años a cuestas y la tremenda lucha; Belén detalla en este texto lo que le pasa con la enfermedad y su tratamiento. Busca concientizar.
04/10/2015
M

i nombre es Belén, tengo 18 años y sufro de anorexia purgativa. 
Quizás escribir sea la terapia más exhibicionista y costosa a la vez, porque exige desnudarse, quitarse los harapos mentirosos y decir la palabra que nos libera y condena: “ayuda”. Y a mí, despojarme de mis ropas sueltas y contemplar a la niña huesuda que no quiere ser mujer, no me gustaba. 

“Porque cuando eres un alcohólico, todos, sin distinción acabamos vomitando en la misma zanja” recuerdo con imprecisión decir a Jack Torrance en El resplandor, ¡y cuán acertado estaba!, porque cuando esta enfermedad te atrapa y arrastra a un neuropsiquiátrico, sos igual al resto. Al drogadicto que recién consumió a hurtadillas en su habitación, al alcohólico que prepara cócteles con su desodorante en aerosol (“pajaritos” le llaman) o a la bulímica que vomitó con la luz del baño apagada hasta quedar vacía en cuerpo y dignidad. 

Porque en un centro para la recuperación de la salud mental (hay que reconocer lo ingenioso del eufemismo) no importan estudios, dinero o siquiera la educación recibida: sos igual al resto. Un nombre signado en un pastillero, un número de habitación, un paciente: un enfermo.

Mi historia con la anorexia (la bulimia vendría tiempo después) comenzó a los 13 años, cursando el segundo año de la secundaria, descubriendo el mundillo del sexo opuesto y junto a unas ansias de perfección morbosas. 
Ahora bien, este proceso no marcha solo; se conjugan contextos, factores, realidades y espejismos que sólo el enfermo ve, y, en muchos casos, es ello lo que lleva la balanza definitivamente a cero.

La anorexia, a diferencia de otras enfermedades, es un proceso. Un deterioro mental y psicológico que tiene como consecuencia última el descenso de peso. La bulimia es, en cambio, más difícil de detectar, porque en muchos casos este último no se produce. Entonces sí, hay anoréxicas con pesos “saludables” (otro eufemismo detestable) y bulímicas gordas. 
“Gorda”. 
“Cuando te reís —me dijo en una oportunidad Héctor, un compañero de tercer año— pareces un chino gordo”. Y ese día empezó a obsesionarme la fisonomía de mi cara, a la que mis padres se referían como “redondita”. 
Y digo obsesión y no complejo porque es así como funciona la mentalidad anoréxica: es un cóctel en el que siempre se bate lo mismo: un comentario, una reflexión o hasta una mirada poco halagüeña y la necesidad de borrar esa mácula. 

El extremismo
La obsesión, las ansias de perfección absoluta y la característica del extremismo son las que, conjugadas, forman el pensamiento dicotómico del enfermo entre no comer y el hambre de buey.
Estas ideas que se desarrollan durante el proceso es, en efecto, uno de los aspectos más difíciles de erradicar en la fase de recuperación. La voz de la anorexia retumba con igual fuerza que la de la bulimia. 

“No comas, gorda”. “Comamos todo eso, después lo compensamos”. Desde luego, la bulimia es la parte del trastorno que tiende a ser barrida bajo la alfombra. ¿Por qué? Porque vomitar es tabú. Porque se asocia al malestar, las náuseas, el mareo y muchas otras sensaciones que, en realidad, nunca hacen presencia al momento de inducirlo. El acto es burdo, una prostitución de la boca, pero se realiza con calma. Sin arcadas cuando se cuenta con la experiencia necesaria y en secreto si se es astuto. Cuando uno se asume enfermo, se sienta en el diván del terapeuta y oye el consabido “si no comes, Belén, te vas a morir”, el proceso se interrumpe. Se rompe un engranaje y la rueda viciosa sale despedida al azar. 

Siempre fui perfeccionista. Tuve dieces por doquier, aprendía idiomas con una facilidad envidiable, siempre correcta, sumisa y servicial, de conducta inmaculada. Y gracias a todo ello me enfermé. 
Porque nunca fui gorda (mi peso máximo fue 58 kilos), pero siempre carecí de un metabolismo envidiable como el de mis dos hermanos, de su carisma y soltura, de su inteligencia social. Porque nunca fui como ellos. 

En abril de 2015 mi madre me preguntó algo que llevaba anhelando cinco años. “¿Sos bulímica, Belén?” me dijo; y la infinidad de respuestas mentirosas, el abanico de engaños que se abrió ante mí me abrumó por completo. Pero también estaba la verdad. La p... verdad que pronuncié, ésa que me llevó a recorrer el tour de forcé más traumático y enfermizo de mi vida. Tres internaciones en sanatorios clínicos, sueros y sangre infinitos me abrieron la puerta de un neuropsiquiátrico a los 18 años. 

Esa confesión, dada bajo el anonimato de la oscuridad de nuestra habitación, fue quirúrgica, como extirpar un secreto encarnado con mis propias manos y esperar en la sala el diagnóstico del médico más riguroso: mi madre. 

El día que me ingresaron, aferrándome a dos libros y una mochila negra, no importaron las conferencias ni los encuentros literarios de los que alguna vez fui asidua, no había café con intelectuales ni amigos que me estrecharan la mano, estaba (sola) junto a Gregorio, mi psiquiatra, y una enfermera de mirada burlona que aguardaba en el umbral de la puerta que signaba “Internación”. 

“Anorexia nerviosa. Preocupación excesiva por la imagen corporal. Desorientación global. Discurso complaciente”. Así fue como se resumió en un papel cinco años de vómitos, ayunos, humillación y secretos. 
No respondí a ninguna de sus inquisiciones. No respondí al consabido “¿cómo te llamas?”, tampoco le dije mi edad a aquella mujer rubia con chaqueta celeste y expresión que, aún recuerdo, fue tornándose convaleciente a medida que miraba mis hombros huesudos y utilizaba el tensiómetro. 
Presión baja, un cuadro de anemia agravado por mis eternos ayunos, treinta y nueve kilos y un miedo, casi pavor, era lo que evidenciaba mi ficha médica. 

Soledad
Después, a las habitaciones del hotel Arcadia, una clínica psiquiátrica ubicada, irónicamente, en la calle Libertad. Habitación 106. Dos camas, paredes desnudas y un frío abrazador que solamente yo parecía percibir (la gelidez de la anorexia), me embargaron de golpe. Me dejaron sola. Y lloré. Lloré mirando un ventilador con luces parpadeantes (fallaron sólo esa noche) y me envolví en la vergüenza y la incertidumbre, ignorante de lo que ese lugar tenía reservado para mí. 

Transcurrieron dos semanas que día a día fueron rompiendo la caja de cristal que mis padres me habían forjado, hasta que el viernes 24 de julio, bajo un permiso terapéutico, volví a mi casa. Me probaron. 
Cuatro comidas diarias y sobremesa obligatoria (una hora para los alimentos de absorción rápida y dos para los de lenta asimilación), medicación administrada únicamente por mi madre y una desconfianza general es lo que recuerdo de esos tres días de libertad condicional. 

Regresamos el lunes al consultorio, Gregorio me esperaba ya sentado y expectante. Mi madre dio el informe y ese día abandoné la clínica creyéndome libre y recuperada.
Retorné dos semanas más tarde, presa de una crisis nerviosa post- atracón, vómito y pastillas (clonazepam, fluoxetina, risperidona y etifoxina). 
Permanecí una semana más y luego de argumentar como la mejor anoréxica de todas ellas, mi madre firmó el alta voluntaria. Aún recuerdo la euforia del momento, el sentimiento de triunfo ante los médicos (los enemigos del trastorno), la libertad que aún mientras aguardábamos la burocracia, ya comenzaba a invadirme, y la firmeza de no volver nunca más. 

Por supuesto que Ícaro volvió a quemarse y tres días más tarde (plagados de vómitos y atracones) retorné un día feriado, 17 de agosto, para comenzar con un ingreso que hasta el día de hoy rige. Mi nombre es Belén, sufro de anorexia nerviosa y estoy en proceso de recuperación hace un mes y doce días. 

Hoy escribo desde mi computadora, disfrutando de un té y un permiso terapéutico de tres días. Hoy sé que el alta está cerca, hoy sé que quiero recuperarme. Hoy elijo luchar contra esta enfermedad, comida a comida, día a día. 
Sólo por hoy.

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