Desarrollo humano


miércoles, 22 de febrero de 2012

En la actualidad, la Argentina no está bien posicionada en el Indice de Desarrollo Humano a nivel mundial. Sin embargo, eso no quiere decir que no pueda remontar hacia los primeros lugares en los que alguna vez estuvo.No basta que tengamos un gobierno democrático y que las estadísticas digan que el crecimiento económico es sostenido, si es que ese crecimiento no llega a todos en una justa distribución de los recursos y los ingresos. Se trata de otra cosa.

 La Argentina tiene, ante todo, que definir qué tipo de economía y rumbo quiere. Tenemos sí, que ponernos de acuerdo en políticas consensuadas para que se pueda alcanzar una economía en expansión, a través de un diálogo fecundo y posturas de amplitud conducentes a alcanzar un modelo de desarrollo que ponga en movimiento la real potencialidad de nuestro país.No existe ningún modelo de desarrollo sin capital, se trate de capital parte en manos privadas o parte en manos del Estado. Pero teniendo en cuenta que cualquier concentración de poder es decisiva —tanto en lo económico como en lo político— hay que definir si esos poderes son capaces de impulsar un auténtico desarrollo o de ser factores de mezquinos intereses que sólo buscan el crecimiento de sus propios intereses.

No hay desarrollo sin la aplicación del cálculo racional, los modernos métodos de gestión y la tecnología. Todo lo demás puede resultar más simpático, pero no sirve. El abc para un programa mínimo en cualquier actividad es definir los objetivos, desempeñar con capacidad las funciones y saber elegir los hombres. El camino inverso es la recta exacta para seguir vegetando, sumirnos en la incertidumbre y mantener vigentes formas sutiles de dependencia mil veces más peligrosas que de las que decimos habernos desatado. El tema económico, aunque no mueve las palancas de la historia, sigue siendo de prioridad absoluta, porque las respuestas no alcanzan para superar el desgarramiento económico de muchos sectores sociales que no dejan de soportar azotes inflacionarios.

La realidad y el absurdo parecieran encontrar un punto convergente en la Argentina de hoy, y ello nos obliga —porque está en juego nuestro destino— como nunca antes, a apelar al mayor esfuerzo para rescatar la cordura y no quedarnos sin rumbo como si estuviéramos perdidos en un laberinto kafkiano. No es hora de atribuir culpas pasadas sino de asumir el presente buscando soluciones para el futuro, forjando así un destino de grandeza para la Nación.

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