

La Radio de los
Santiagueños
En la actualidad, la Argentina no está bien
posicionada en el Indice de Desarrollo Humano a nivel mundial. Sin embargo, eso
no quiere decir que no pueda remontar hacia los primeros lugares en los que
alguna vez estuvo.No basta que tengamos un gobierno democrático y que
las estadísticas digan que el crecimiento económico es sostenido, si es que ese
crecimiento no llega a todos en una justa distribución de los recursos y los
ingresos. Se trata de otra cosa.
La Argentina tiene, ante todo, que definir qué tipo
de economía y rumbo quiere. Tenemos sí, que ponernos de acuerdo en políticas
consensuadas para que se pueda alcanzar una economía en expansión, a través de
un diálogo fecundo y posturas de amplitud conducentes a alcanzar un modelo de desarrollo
que ponga en movimiento la real potencialidad de nuestro país.No existe ningún modelo de desarrollo sin capital,
se trate de capital parte en manos privadas o parte en manos del Estado. Pero
teniendo en cuenta que cualquier concentración de poder es decisiva —tanto en
lo económico como en lo político— hay que definir si esos poderes son capaces
de impulsar un auténtico desarrollo o de ser factores de mezquinos intereses
que sólo buscan el crecimiento de sus propios intereses.
No hay desarrollo sin la aplicación del cálculo
racional, los modernos métodos de gestión y la tecnología. Todo lo demás puede
resultar más simpático, pero no sirve. El abc para un programa mínimo en
cualquier actividad es definir los objetivos, desempeñar con capacidad las funciones
y saber elegir los hombres. El camino inverso es la recta exacta para seguir
vegetando, sumirnos en la incertidumbre y mantener vigentes formas sutiles de
dependencia mil veces más peligrosas que de las que decimos habernos desatado.
El tema económico, aunque no mueve las palancas de la historia, sigue siendo de
prioridad absoluta, porque las respuestas no alcanzan para superar el
desgarramiento económico de muchos sectores sociales que no dejan de soportar
azotes inflacionarios.
La realidad y el absurdo parecieran encontrar un
punto convergente en la Argentina de hoy, y ello nos obliga —porque está en
juego nuestro destino— como nunca antes, a apelar al mayor esfuerzo para
rescatar la cordura y no quedarnos sin rumbo como si estuviéramos perdidos en
un laberinto kafkiano. No es hora de atribuir culpas pasadas sino de asumir el
presente buscando soluciones para el futuro, forjando así un destino de
grandeza para la Nación.