

La Radio de los
Santiagueños
Día I
Esta crónica es el recuerdo de un encuentro. De un encuentro que comenzó cuando vi en la televisión un documental sobre la matanza de peones en la Patagonia de 1921. Me dije que tenía que leer ese libro, tenía que conocer esa historia. A los días, en el quiosco de diarios y revistas de un amigo veo una tapa roja y escrito en letras blancas: “La Patagonia Rebelde”. Ahí estaba el libro de Osvaldo Bayer en una reedición de Página 12.
Con gran voracidad leí los dos tomos. Así conocí a Osvaldo. Pensaba que algún día tenía que venir de visita por el norte del país. Un tiempo después, me cuentan que Osvaldo Bayer venía el domingo 20 de noviembre a Tucumán, a inaugurar una Biblioteca Popular que llevaría su nombre. Los chicos de la Juventud Justicialista Libertaria) lo habían invitado.
Ese día, Osvaldo Bayer hablaba y toda la gente en el club escuchaba. En un momento dijo que ya había hablado demasiado, que había mucha gente parada que quizás ya estuviera cansada. Todos dijeron que querían seguir escuchándolo. Le dijeron que sí podía hablar mal de Roca y toda la gente empezó a reír. Osvaldo dijo: “Bueno, pero sólo un rato”. Y comenzó una genealogía de los “conquistadores del desierto”, pasando por Rauch y Rosas hasta Roca. Nada en la historia es la obra de un solo hombre, siempre hay ideas, gestos y otros hombres a su servicio. La desertización de la Patagonia había sido obra de todo el país. Roca, el ejecutor más eficaz en la representación. La gente aplaudía la ironía precisa. Todos escuchaban. Familias con cochecitos, ancianos con sombrero y una multitud de jóvenes.
Al día siguiente dio una entrevista para muy pocos medios. Adrián y José me abrieron las puertas de la charla. Esa mañana, cuando llegué al hotel, pensaba que quizás no iba a encontrarlo. Pero ahí estaba Osvaldo, en el bar del hotel, mirando la ciudad a través del vidrio, atento al andar de la gente. Quería hacerle mil preguntas, darle las gracias por haber escrito ese magnífico testimonio de los hombres y mujeres que “quisieron tocar el cielo con las manos”.
Día II
“La ética siempre triunfa en la historia”. Osvaldo deja sonando esta frase de vez en cuando. De muchas de las cosas que dijo en esos dos días, también se desprendía esa idea. “La ética es la defensa de los valores de la vida por sobre todas las cosas”, dice Osvaldo, porque por donde la muerte pasa, nadie nada nunca, vuelve a estar igual.
Sentados en la mesa del bar, Osvaldo aparece como un hombre que escucha. Detrás de alguna ironía sutil siempre propone alguna manera nueva de ver las cosas. Osvaldo habla como escribe. Frases cortas que suenan como al compás de una inquieta máquina de escribir. Sus palabras son afectuosas, con una cadencia en la voz que invita al diálogo. Pareciera como si probara cada una de las palabras y las propusiera a los que lo escuchan como lentas volutas de un aire diferente. Sus palabras y su escritura son afectuosas, buscan el contacto con el otro que está ahí. ¿Cómo es posible ser indiferentes a estas palabras dichas por Osvaldo Bayer en una entrevista a Osvaldo Soriano en 1983?:
“El método que aplicaron Videla con sus generales, almirantes y brigadieres con los libros fue el mismo que usaron con los seres humanos: se los iba a buscar y desaparecían. La campaña contra los libros la hizo el Ejército mismo: sus unidades recorrían las librerías céntricas y expurgaban las mesas y anaqueles. (...) Recuerdo uno de esos episodios presenciado por centenares de personas, unos días después del Golpe de Videla. (...) Quería observar todos los detalles, las caras de los verdugos de la cultura. Un teniente marcaba con un movimiento del dedo índice y los soldados cargaban los libros y los arrojaban al voleo a la caja del camión. (...) La gente guardaba silencio. Como los niños secuestrados, los libros no tenían voz para defenderse. Tuve pena por los soldados. ‘Aquí se aprende a defender a la patria’ se lee en los cuarteles. La ‘limpieza’ de libros fue una acción de las que llaman de ‘inteligencia’. (...) Pero cuando Hitler y Franco quemaron libros en la plaza pública, ese menester fue hecho por sus partidarios. En la Argentina lo hizo el Ejército. Un Ejército que quema libros jamás podrá vencer ni convencer.”
Todo el tiempo, la palabra con una invitación a repensar las cosas. Osvaldo, completamente inmerso en los gestos de la escritura, como en La Patagonia Rebelde, cuando repite un párrafo completo de un testimonio, para transmitir su incredulidad frente a lo que transcribe. Otro ejemplo sería que ese mismo libro (“ese libro me costó ocho años de exilio” dijo Osvaldo esa mañana) tan lleno de tristeza, se cierra con un poema. Un poema que le escribió desde la Patagonia, Albino Arguelles, uno de los peones fusilados, a su hija. Únicas palabras de Arguelles que su hija conservó intactas en la memoria.
Osvaldo espera y escucha. Nos dice que no es cuestión solamente de nombres o de estatuas, es cuestión de recuerdos, de las viejas frases y los rostros en blanco y negro que siempre regresan. No para decirnos nada, sino para interrogarnos, para descargar en un segundo la intranquilidad de la espera. Ellos también nos esperan, muy cerca, sabiendo que los estamos buscando para tomar un café o aguardando una frase.
Osvaldo está frente a la ventana. Habla con una lenta tristeza llena de esperanza. Esperanza en los jóvenes y en el pensamiento crítico. Frente a la primera pregunta Osvaldo dice: “Yo considero que un intelectual tiene todos los derechos para escribir e investigar, tiene que tener todas las libertades para desarrollar su pensamiento, pero no encerrarse en la torre de marfil de ninguna manera, sino salir a la calle, porque ese es un deber de los intelectuales: salir a la calle cuando hay problemas sociales. No tienen que apartarse de la sociedad”.
Osvaldo relató su encuentro con el “Che”, a un año de la Revolución Cubana; su encuentro, también en Cuba, con Rodolfo Walsh, y nos contó que decían que Walsh cocinaba muy bien. “Los libros que hubiera escrito Rodolfo hasta hoy...” dice Osvaldo, como viendo de nuevo el rostro del autor de “Irlandeses detrás de un gato”.
Osvaldo Soriano cuenta que su tocayo, Osvaldo Bayer, cuando ambos “estaban en la vía” exiliados en Europa (durante el “Proceso de Reorganización Nacional”), le mandó una carta y un giro con un monto “curioso”. Le envió 527,80 dólares y una nota que decía: “Querido Osvaldo: acabo de cobrar un trabajo, te mando la mitad”. Soriano dice que con ese gesto, Bayer le dio una lección de vida. Sentados frente a frente, en una mesa de un café, le traigo la anécdota a Osvaldo Bayer. Osvaldo no me entiende y me dice que no sabe por qué “el gordo” dice eso. Le digo que Soriano lo admiraba por ese gesto, en una época donde sólo tomaba café, cuando lo robaban con su mujer del supermercado, allá en Bélgica. Osvaldo me dice por qué lo hizo: “Bueno, era lo que correspondía”.
El escritor mexicano ha obtenido el reconocimiento Casa de América de Narrativa 2012 con la novela “La tejedora de sombras”.