

La Radio de los
Santiagueños
Carlos y Graciela
Erase una vez, un lugar, se podría decir encantado, donde las pícaras ilusiones transformaban todas las realidades que allí se vivían, en locas y fascinantes fantasías. Los sueños se vivían con alegría y eran muy pocas las ocasiones en que se escapaba algún llanto; solo aquél producido por algún momento de felicidad, esos que no se olvidan... No existía la tristeza,la soledad, ni el odio, nada de eso destroza mentes y corazones... Solo existía la ingenuidad y la pureza.
En una noche fría de Mayo por misteriosa circunstancia de la vida, se originó el encanto y el dolor. Tierna y adolescente, ella esperaba ansiosa que pasaran esos minutos... A las diez, era el horario de la invitación. Pero esas agujas burlonas del reloj parecían no girar, como si detuvieran el tiempo por alguna predictiva razón.
Sumergida en la imaginación de cómo se presentaría la noche en aquél festejo sumada a la ansiedad de encontrarse con sus amigas, y arreglando a cada instante su apariencia, escuchó el llamado de su madre y hermanas que le indicaban que ya era hora de partir. Un largo recorrido les esperaba, el camino parecía interminable, y cada paso apresurado que daba era, para ella, el descuento de cada segundo...
Manteles blancos cubrían aquellos largos mesones donde pimpollos rojos parecían significar la pasión de un alma pura e inocente. Los quince pisos de una torta irradiaba la dulzura de una niña adolescente que dejaba de ser niña para convertirse en mujer.
Mientras todo transcurría alegremente, sintió un calor que invadió su cuerpo, causado por aquella mirada que penetraba en su interior como el aguijón de una abeja. Parpadeó y bajó la mirada sin comprender esa reacción extraña que hizo vibrar todo su ser. Inquieta, nerviosa, sin saber cómo controlar esa situación,comenzó a cobijarse en la verguenza y en la timidez que se dejaba ver en el ruborizado rostro que parecían estallar de calor. Vergüenza por sentirse observada y tímida al sentir el temor a esa mezcla de emociones que la confundía y que no sabía cómo responder.
Por un instante pensó en decírselo a su madre pero sabía de antemano la respuesta,"vamos a casa". También pensó que podría ser efecto de la sidra que estaba compartiendo. Pero no se animó a nada, ni siquiera a aceptar que el amor había tocado las puertas de su corazón por primera vez...
Llegó el momento del baile. Sentada en un rincón veía cómo ese ángel o demonio giraba a su alrededor, al compás de aquellas canciones que le daban un clima realmente festivo a la ocasión. Lo veía entrelazar sus manos a muchas otras que lo acompañaban a divertirse. Se sentía peturbada. De pronto, deseó marcharse de aquél lugar, pero no pasó demasiado tiempo cuando la presencia de una voz grave la invitó a bailar: "¿Bailamos?"; fue la pregunta que intensificó aquél malestar...
Sus piernas no respondían, su cuerpo comenzó a temblar y se apoderó de ella el frío de la noche de Otoño. Fue un segundo de indecisión,pero la obra mágica del destino quizo que respondiera: "Sí".
La apretó contra su pecho y el frío de su cuerpo poco a poco iba desapareciendo. Bailaron hasta el amanecer como si uno y otro se hubieran convertido en un solo ser... Pero todo se termina....Llegaba la hora de partir, era el momento de despertar de aquél sueño que los hizo embarcar en el comienzo de una historia, donde la luna y las estrrellas fueron testigos del primer beso que selló ese romance...
Se amaron con locura, con paciencia, con respeto, con atenciones y cuidados, con citas a escondidas, con peleas por celos, con innumerables poesías y canciones... Pero el amor es felicidad y también es sufrimiento... El trabajaba en ese pueblo donde ella vivía, tenía su familia lejos. Había pasado mucho tiempo que no visitaba su hogar y fué así que decidió, en Visperas de Navidad, ir a verlos. Se había despedido de su amada con la promesa de volver lo más pronto posible.
Aquella noche silenciosa de un pueblo que ya descansa, se escuchó el templar de guitarras. Ella dormía, cuando en aquella ventana de su dormitorio que fuera testigo de miradas tristes y ausentes, se escuchó decir : "Serenata". Nunca imaginó que una bella canción la convertiría en una "Rosa marchita de Otoño".
La familia de ella, conservadora y llena de prejuicios sociales, consideró aquél acto de amor como el más vil de los hechos y le prohibieron volverlo a ver. Pero lo que ellos sentían era más fuerte que cualquier imposición. Volvieron a verse, a escondidas. Se encontraban para brindarse los más dulces de los besos y las más tiernas caricias durante cuatro años.
Un día él,le propuso fugarse juntos, más ella desistió por respeto a su familia. Entonces, él decidió marcharse para siempre. Días negros habían empañado esos días de colores relucientes, ya nada parecía hacerle sonreir. Nada tenía sentido si él no estaba a su lado. Parada frente a esa ventana le parecía escuchar aquella canción que le devolvía el rostro de su gran amor para acariciarlo y mimarlo. Otras veces, la odiaba por ser la causante de tanto dolor. No resistía vivir sin él. Y un día, resignada y sin esperanzas, quizo poner fin a su vida. Afortunadamente, no lo logró.
Era primavera, debía acompañar su hermana a la Fiesta de los Estudiantes. Nada era lo mismo, aún cuando observaba en distintos rostros de juventud y la alegría primaveral. Su cuerpo y su espíritu estaban congelados. Alguién se le acercó para decirle que su amado hacía tiempo que estaba accidentado, internado y quería verla. No perdió un instante, y partió a su encuentro. No conocía aquél lugar,pero llegó preguntando a uno y otro transeúnte.
Entró ansiosa y deseperada para arrojarse en sus brazos, pero grande fue la sorpresa cuando encontró a su lado a otra persona: su esposa. ¡Que grande fue su dolor!. Regresó aceptando en su conciencia y en su corazón que ya lo había perdido para siempre.
Pasaron los años. Ella se había casado y tenía dos niños. Él tenía dos o tres más... Una mañana de Mayo, sonó el teléfono de su casa y una voz le dijo al oído..."Buen día, señora..."
Habían transcurrido 25 años de aquél día. Charlaron como dos grandes amigos y quedaron en reencontrarse. Fijaron fecha y lugar para celebrar aquél reencuentro, y así fue cómo él, reconoció su orgullo y amor eterno. Prueba de ello, las innumerables cartas y poesías plasmadas en papeles amarillentos que se desprendieron de un maletín, que ella nunca recibió, pero que él jamás dejó de escribir.
Se despidieron aquél día con lágrimas, pero ésta vez de alegría, de haberse visto distintos físicamente, pero con el mismo amor que alguna vez los unió. Ella aún recuerda sus palabras: "Amigos, no podemos ser; amantes tampoco. No fuimos marido y mujer, pero sí fuimos novios por una circunstancia de la vida"...
que buena esta historia de amor. Para imitarla.
una historia linda y triste a la vez... me hizo llorar, quizas porque existen ciertas similitudes con mi historia de amor. Te felicito por tu valentia. Tu historia nos demuestra que es posible vivir aun despues de circunstancias de la vida con historias que no siempre tienen un final como el que anhelamos.... Que seas muy feliz!!!
