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A diecinueve años del 'Santiagueñazo'

La protesta del pueblo ante el cúmulo de problemas irresueltos crecía en tono y ánimo.
Los sucesos del 16 de diciembre de 1993 fueron el factor desencadenante del estallido de un pueblo ante las injusticias y la usufructuación del poder público por gobernantes que no supieron colocarse a la altura de los acontecimientos, para cumplir acabadamente con la misión encomendada por la ciudadanía que no es otra que la de velar por el bien general y los intereses de la provincia.

En medio de tanta inestabilidad y desgobierno, mientras el malestar de la población aumentaba el clima de tensión que poco a poco comenzaba a experimentar virulentas reacciones de los empleados públicos de distintas reparticiones que no cobraban sus haberes desde hacía tres meses, como también jubilados y estudiantes que se sentían burlados, defraudados, sumándose a la escalada de protestas que tocaba ríspidas aristas, el gobierno de Carlos Mujica se mantenía imperturbable ante el caos generado.

A comienzos del mes de diciembre de 1993, el fin del gobierno de Carlos Mujica era inminente. La protesta del pueblo santiagueño ante el cúmulo de problemas irresueltos crecía en tono y ánimo. La inmediata consecuencia de todo ese maremagnum fue solicitar desde el Gobierno nacional la renuncia de Mujica, para que asumiera en su lugar el vicegobernador Fernando Lobo.

La asunción del doctor Fernando Martín Lobo, un mes antes del estallido social, si abrió expectativas alentadoras, estas no tardaron en desvanecerse. Sus días como gobernador estaban contados, básicamente por no producir cambios sustanciales. Por otra parte, el Gobierno nacional exigió la aplicación de la Ley Omnibus, pensando en que así se podrían corregir desajustes, pero el pueblo reaccionó con mayor virulencia a la demostrada en manifestaciones anteriores, convencido de que se trataba de una salida traumática que perjudicaría enormemente a los empleados públicos, entendiendo que estaban sentenciados al despido masivo por culpa de las malas administraciones corrompidas.

Rebelión e intervención
A esta altura de los acontecimientos, el 'Santiagueñazo' era inminente. Tras el gobierno de Mujica, la meteórica gestión de Lobo hacía agua. Hasta que cercado por la embestida de las manifestaciones públicas e incapaz de encontrar una salida a la grave situación, ordenó no reprimir a los manifestantes y optó por abandonar la sede del Gobierno junto con sus ministros, en un camión de los bomberos voluntarios. Su actitud quedaría para la discusión de los tiempos posteriores.

Así fue como se llegó al 16 de diciembre de 1993. Con un Gobierno -continuación sin solución de otro- que navegaba descalabrado, con fuertes vientos en su contra en medio de un mar embravecido, con tormentas sociales y políticas que terminaron por provocar su naufragio ante la incapacidad de salvarse de los errores y de evitar la rebelión de un pueblo que ya no podía contener la furia de su descontento.

El 17 de diciembre, desde Roma, el presidente Carlos Menem ordenaba la intervención federal a Santiago del Estero, designando para el cargo a Juan Schiaretti. 
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