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Emblemática: la Telesita

Si bien no se sabe si existió, la ternura popular la apodó Telesita, y no faltaron quienes le dieran nombre y apellido para certificar su existencia. Vivía en el monte, de donde salía al escuchar los acordes de la música y se embriagaba en el delirio de la danza. Todos la miraban con los ojos del deseo, pero siempre bailaba sola en las fiestas campesinas.
* Colaboración: Guillermo Adolfo Abregú

Murió joven, alcanzada por las llamas de una fogata mientras danzaba. Caló hondo en el sentir popular y la creyeron ???milagrera???. Es un emblema en el folclore santiagueño.

Después del drama de la conquista, quedó en el pueblo aborigen una fusión de creencias y supersticiones hechas girones, turbulenta, confusa, que sembraba la duda y la vacilación.

De esa especie de embriaguez del miedo; de esa tendencia invencible a lo sobrenatural; de esa pesadumbre del hombre vencido, esclavizado, se forjaron lentamente a través del tiempo, los elementos accesorios de algunas leyendas que habían cerrado su ciclo creador para prestar ???otros servicios??? menos sólidos, pero más modernos, tales como la versión de la Telesita recogida de don José Antonio Sosa en Atamisqui, allá por el año 1946.

La ceremonia realizada en honor de este mito emblemático del folclore santiagueño, hunde en efecto su planta en el período indígena, pero se impregna del color y el olor de las antiguas creencias cristianas sobre el fuego.

Raspando mucho en lo tradicional, descubrimos de pronto, un fondo indefinido, borroso, que luego de una limpieza más prolija, mostrará al fin los rasgos característicos de esa diosa hecha de pedazos, adornada con cintas descoloridas, semisalvaje y milagrera, que arrastra a sus devotos por la pendiente del placer para iniciarlos en el halago y las fruiciones del baile, de la libación, del miedo???

Si bien no se sabe si existió, la ternura popular la apodó Telesita, aunque no faltaron quienes le dieran nombre y apellido para certificar su existencia. Aseveraciones estas que se encuentran en Atamisqui, Salavina, el Bracho, Herrera y Mailín.

La leyenda
Cuenta la leyenda que vivía en la espesura del monte, del cual salía a escuchar los acordes melodiosos de la música. Sola, descalza y desgreñada llegaba y se ponía a bailar. Bailaba sola. Sola e incansablemente, embriagada en el delirio de la danza. No hacía otra cosa, iluminada por la sonrisa del deleite fugaz; animada por la franca y cristalina carcajada de la burla que se escapa de las manos, que se esfuma, que se evapora pero que cambia por completo el genio del hombre, la confianza de la mujer. En algún momento, la concurrencia embravecida y ebria, entraba a manosearla. Ella les decía, molesta con el trato: ???Komai tiam??? (estense sosegados, quietos).

La miraban con los ojos del deseo; forcejeaban por tocarla, siquiera; se enredaban entre sí, palpándose las sombras, porque la Telesita, sombra también, se había hecho intocable en ese rato como la nube y el viento; como la luz de la aurora, como la cara del sol.

Aspiraba a ganar con el baile la vida inmortal y en pos de esta quimera no perdía la ocasión de estar presente en todas las fiestas gauchas. Desde uno a otro extremo de la provincia de Santiago del Estero, la eterna andariega se entregaba de lleno al vértigo de la danza, con cualquiera. Todos los detalles, indicios y circunstancias de su vida errante convergían en aquel punto, entre una multitud ululante y frívola, bajo un cielo todavía sin respuesta. Al amanecer partía, siempre sola rumbo a su monte familiar.

La Telesita se retiraba siempre de la reunión poco antes que asomara el Alba en el naciente, es decir, antes que se retirase del cielo y de la tierra el color de la plata, que es el color del fresco metal de la luna. En una fiesta no apareció. Los paisanos extrañados por su ausencia, salieron en su búsqueda. Al fin, sólo encontraron su cuerpito calcinado, pues en su entrega al baile fue alcanzada por las llamas de una fogata.

Murió joven, casi una niña. Y desde ese día los paisanos la recordaban en todas sus fiestas. La recordaban de la manera que a ella le gustaba: bailando y cantando, disfrutando de la vida.
No se sabe bien cómo nació su culto, pero lo cierto es que caló hondo en el sentimiento y creencia popular. Muchos le pedían por su salud. Y tal vez por casualidad, tal vez por el destino o por la fuerza de una creencia, los pedidos se cumplían.

???Telesita milagrera cúrame, estoy empachao, / mi´comío´ siete quesos y catorce bolanchaos??????
Su nombre fue ganando proyección en la tradición, y tal vez de creerla ???milagrera???, le dedicaban bailes en su memoria.

???Telesita milagrera, cúrame el dolor de panza, / debajo de un piquillín, te lo echaré las mudanzas??????

Y poco a poco el baile fue tomando su nombre. Y había más gente que pedía. Que pedía lluvia, que pedía encontrar un animalito perdido, que pedía mejorar su salud deteriorada, pedía todo en el fragor del baile. Del baile mágico y cabalístico, porque el promesante debía bailar siete chacareras y tomar él y su compañera de danza, después de cada vuelta, una copa de vino o licor, que si llegaba a sobrar los únicos que podían beberla eran los músicos. Este culto pagano de muchos campesinos que con su fe sencilla ???santifican??? a personas buenas y queridas, está presente en la tradición santiagueña. Culto pagano porque parte de una confusión en las creencias, y se dedican homenajes y fiestas que son un rito de algarabía para escapar de dudas y vacilaciones.

Las ???telesiadas??? no tienen lugar ni fecha particular. El promesante ofrece el baile, la música, la bebida y las velas que se consumen en su honor.
???Viva santa Telesita, santísima diopamaman, / si no cumplo la promesa que me caiga de la cama??????

Finalizado el baile se quema un muñeco de paja que la representa, y que durante toda la fiesta está colgado en el alero del rancho, con una cortina blanca detrás. Y aquí nuevamente están presentes los símbolos del culto: el blanco de su pureza y virginidad; el fuego que representa su martirio, su purificación y a la vez el elemento que la deificó en la imaginería popular. Existen distintas versiones sobre esta leyenda y su nombre podría derivar incluso del lule o tonocote: ???Tilysita??? que significa éxtasis.

Es indudable que se trata de una leyenda inspirada en la narración antigua sobre el culto al fuego de españoles y de indios. Incluso la transmisión del hecho folclórico pudo haber sido aceptada por la costumbre hispana de celebrar con fogatas y brasas extendidas la víspera de la fiesta de San Juan.

En tiempos del coloniaje hubo mujeres y hombres que caminaban sobre las brasas durante la noche del 23 y 24 de junio, tal como lo hacen los hindúes y los españoles, sus imitadores inmediatos.

La Telesita va hacia el fuego y se entrega a él con la misma serenidad de las mujeres paraguayas de la actualidad que caminan sobre las brasas. Una fogata la espera y se la lleva al reino de las llamas y de la castidad, esto es de la depuración que sólo se logra con el fuego. Y seguramente es así, porque no se explica de otro modo por qué suelen quemarse algunas veces figuras de papel en honor a esta virgen que ha quedado en la creencia popular como concreto símbolo de la alegría y de la danza; alegre como la llama y la brasa, quemante como el baile, pura como la luz.

El extravío de las haciendas, las enfermedades incurables, la secreta angustia del pecador, toda esa estructura supersticiosa de la gente sencilla, se conjura como una promesa a la Telesita, consistente en una fiesta popular donde debe realizarse un bautismo o el velatorio de un ???angelito???, símbolos ambos del estado de castidad en el que murió la ???santa???.

En las ???telesiadas??? el rito musical principal es la chacarera siete veces repetida por los padrinos.

En cada una de ellas hay que ???rociar??? con aguardiente mientras se cantan en coro versos como estos: ???La fiesta de los pobres / dura un instante; / viva la Telesita, / la diosa errante???.
Y justamente a la hora en que murió la Telesita, la ceremonia del ???tomo y obligo??? se solaza en el acento organístico de las guitarras y la ???caja???; el violín o el bombo que late con la violencia de un corazón apasionado y no correspondido.


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