Septiembre de 2010
08:26Martes 5 de Junio de 2007 | Acostumbrados como estamos a escuchar que lo primero es lo primero y que ello es lo urgente, no nos permitimos siquiera pensar en el laberinto en que estamos viviendo.
A todas luces sabemos que un niño, que un individuo que no cubre sus necesidades básicas, como alimentación correcta, vivienda digna, salario mínimo, atención de la salud, mal puede estar preparado para recibir una educación que lo motive a mirar hacia otros senderos.
Sin embargo, cuando los especialistas se sientan a hablar de ello, nos confunden, nos hacen entrar en el terreno peligroso del conformismo, se introducen ellos mismos en una lid de caminos sin salida. En consecuencia, concluimos con que hay que alimentar al pueblo, el resto... después.
Por supuesto que ante situaciones creadas, resultado de años de dominación, producto de nociones múltiples aplicadas en diferentes períodos de nuestra historia nacional, y de numerosas contingencias que no vienen al caso mencionar ahora, ante situaciones creadas, decíamos, es preciso encontrar solución a problemas urgentes.
Y uno de los problemas que más lastiman a la humanidad es el maltrato a los niños, porque el hecho de que ellos no tengan posibilidades de alimentarse convenientemente, cualquiera fuera la razón, implica un maltrato de la sociedad hacia aquel niño que nada puede hacer para auto sustentarse.
Reparar estas cuestiones mediante programas de emergencia (inevitables, por cierto), no puede obligarnos a pensar que la educación debe de quedar en segundo lugar.
Estamos frente a un círculo cerrado, cuyos límites debemos establecer nosotros, los adultos activos de la sociedad. ¿Círculo cerrado?.
En efecto, aún admitiendo lo dicho como prioritario hoy, es preciso meditar sobre las terribles consecuencias que habrán de devenir si no prestamos a la educación la importancia y el lugar que ésta tiene de por sí dentro del funcionamiento de un pueblo.
Si nos “conformamos” con dar de comer a los niños e descuidamos su crecimiento intelectual como espiritual, estamos creando seres que, en el futuro, tampoco podrán más que solucionar problemas urgentes, de decir, no estamos resolviendo la situación de raíz, sólo estamos haciendo asistencialismo. Éste le sirve sólo al niño que hoy recibe la ayuda, pero no, a su descendencia, y a las otras… Si no educamos, al mismo tiempo que alimentamos, iremos perdiendo lentamente (y no tan lento) las posibilidades de forjar un pueblo libre, con valores fundamentales, con auténtica identidad.
Así es que nuestra tarea reside en dos ejes fundamentales: exigir que la problemática de la pobreza se aborde de una manera global, con seriedad y compromiso, desmantelando los nudos que impiden que este país se forme como debiera, quitando del medio obstáculos inventados, creando programas a largo plazo, etc; por otro lado, educar.
Sin educación (y ni siquiera hablamos de cultura), nada habrá de cambiar, mucho menos mejorar en nuestra sociedad. Sin la educación de los niños, adolescentes y jóvenes de hoy, los hombres de mañana cometerán los mismos errores y no se vislumbrarán más amplios horizontes.
¿Qué podríamos esperar de quienes hoy, en el momento en que deben ser educados, no reciben más que pan, no ideas, ni formación?.
No olvidemos que ellos serán quienes decidan el destino de una Nación, la nuestra, que de una vez por todas, es inexcusable marchar hacia la real liberación, tanto de los países imperialistas, que nos someten de distintas maneras, entre las que destacamos la carencia de educación, como de nuestros espíritus y mentes presionados por conceptos o equívocos (el consumismo, por ejemplo), o que no tienen relación con nuestras creencias, con nuestra imagen simbólica de identidad.
Si lo que buscamos en nuestra lucha diaria es alcanzar cierto grado de bienestar (incluimos aquellas necesidades básicas insatisfechas), es imprescindible tener claro que más allá de solucionar el hambre de hoy, hay que actuar para evitar el de mañana.
Con un pueblo instruido, todo lo demás viene por añadidura. Claro que no es tan simple… pero, otra de las urgencias es comenzar a tomar conciencia de ello.
Creemos que después de siglos, el argentino merece idearse como argentino.
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